27 de Septiembre de 2022

LOS MERCADERES Y EL MERCADO

2022-09-22

Por : Jorge Luis Oviedo

“Las naciones pobres del mundo ya no soportamos golpes de Estado, no soportamos el uso del Lawfare, ni revoluciones de colores, usualmente organizadas para espolear nuestros vastos recursos naturales, las naciones industrializadas del mundo son las responsables por el grave deterioro del ambiente, pero nos hacen pagar a nosotros por su oneroso estilo de vida y para ello no escatiman nada, para sumirnos en sus planes y en una crisis sin fin, pretendiendo que estamos atados de pies y de manos.”

 

“Hemos planteado renegociar los tratados de libre comercio, hemos tomado la decisión soberana de invertir en nuestro desarrollo, sustituyendo importaciones, pero compitiendo en los mercados internacionales sin subsidiar los excesos de las naciones desarrolladas.”

 

Xiomara Castro en la ONU

         Los economistas, en su mayoría, pese a la gravedad de las crisis financieras, provocadas (como bien es sabido) por el abuso y la confianza extrema en el MERCADO, siguen sosteniendo que éste no es culpable; y le echaron la culpa al Covid-19, durante 2020; mientras este año le han echado la culpa a la Guerra (por los altos precios de los hidrocarburos) que provocó USA y sus aliados europeos de la OTAN, en Ucrania y, por supuesto, a Rusia. 

         Tienen razón, porque  los conceptos o nociones para el ciudadano promedio, son abstracciones; no son la realidad.

Así, la democracia teóricamente es una cosa, en la práctica se diluye en la aspiración de las personas que casi nunca son tomadas en cuenta a la hora de las decisiones importantes: como la igualdad de acceso y la desigualdad de ingresos por exclusión, desempleo, pobreza, desplazamientos forzados…

 Hace algunas décadas –en la época de la cortina de hierro– en la Europa Oriental se acuñó el término: democracias populares, con el propósito de diferenciarla de la democracia tradicional de la Europa Occidental, la conquistadora, la expansionista.

De un tiempo acá, en varios países de Hispanoamérica escuchamos la expresión: el pueblo pueblo; claro indicio de que quienes la usan pretenden establecer una diferencia con respecto al término pueblo –otra abstracción– que como consecuencia de su uso abusivo por demagogos, publicistas y toda una suerte de personajes y empresas mediáticas, han  culminado por alterar los significados universales de muchas palabras.

         Por otra parte, el mercado, para los obreros, para los campesinos o para muchísimas personas con poca o ninguna escolaridad es un sitio particular en una ciudad, porque  de ese modo es una entidad real, un lugar donde comprar o vender, incluso, donde hacer trueque, literalmente hablando.

         De ahí que, para la mayoría de los mortales, el mercado tal como lo conciben los economistas no existe. Tiene existencia tangible el mercado de mayoreo, el  de abastos, el de artesanías; o cualesquiera de los otros lugares así denominamos: mercado Central, Oriental, etc.

         Para esos mismos ciudadanos el término mercader, sin embargo, no es una abstracción, sino una dolorosa realidad, pues se denomina como tal a todo comerciante inescrupuloso; y a los que venden productos diversos prefieren que los llamen comerciantes o empresarios; y, en el caso de los que venden o trafican con moneda o dinero, financistas.

    La historia del Tercer Mundo es patética en este sentido, porque cayó, en la mayoría de los casos, después de los procesos de independencia, el nacimiento republicano y los ciclos de dictaduras, en manos de los mercaderes locales y extranjeros.

         Son ellos los que tienen el control de la casi la totalidad de lo que se comercia, financia o decide.

Los mercaderes asumieron, con el producto de sus utilidades, el control político y, obviamente, dominados por el deseo natural de preservar su grupo, su familia y su casta se dedicaron a acaparar y hacer negocio fácil. Se repartieron las telecomunicaciones, la generación de energía eléctrica, desarticularon la capacidad estatal para responder durante las emergencias en la reparación y construcción de puentes y carreteras, primarias y secundarias.

Han hecho un festín con las mejores áreas de cultivo, con los bosques, las cuencas hidrográficas, las concesiones mineras y forestales; las frecuencias de radio y televisión, en fin.

Además, Latinoamérica, por ejemplo, luego de ser, en la época colonial, territorio de explotación minero, agrícola, forestal, etc.  se forjó una clase dirigente criolla que  produjo desarraigo entre los mestizos; y que siguió segregando a los pueblos originarios. El desarraigo es hoy uno de los elementos más característicos de muchos latinoamericanos

USA, Reino Unido, Alemania y otros países europeos, durante la mayor parte del siglo XX, impusieron la economía del enclave minero y agropecuario. Grandes extensiones de suelos magníficos en las costas del Atlántico de Centroamérica y Colombia;  y el Pacífico en el caso de Ecuador, estuvieron o siguen bajo exclusivo dominio de compañía fruteras, por ejemplo.

 Finalmente, los mercaderes, en algunos países, en función de los “mercados” de los centros hegemónicos,  han contribuido a precarizar la fuerza de trabajo a través de la devaluación monetaria; que no es otra cosa que la devaluación de los trabajadores.

El propósito, atraer maquilas para competir en los mercados centrales a través del menor precio (menosprecio a la clase trabajadora) y la esclavitud laboral de millones de personas.

En eso consiste la “derrama” del capitalismo, entre otras cosas: inversión extranjera (cifras monetarias de curso legal), que profundiza la dependencia; devaluación monetaria, que precariza el trabajo al pagar con el salario obrero de un país hegemónico, de  diez a veinte salarios en los países maquiladores. Denominan a esas prácticas: “competitividad”.

         Todo lo anterior conlleva a consolidar nuestra dependencia. Y lo subrayo, porque resulta curioso que, mientras, hace 60 años el nivel de vida de los países de Latinoamérica era similar o mejor que el de algunos países asiáticos, ahora es, en nuestra región, donde existen las mayores desigualdades, pese a los esfuerzo que se han hecho o se hacen de parte de algunos gobiernos progresistas; porque las décadas neoliberales han sido más devastadoras que terremotos, huracanes y pandemias.

Destaca, sin embargo, Bolivia por lo hecho entre 2006-2019. Un año bajo la modalidad de golpe de estado, que  significó un retroceso perverso. Menos mal que volvió el MAS y Bolivia ha vuelto a soñar, a construir.

         Los casi 13 años bajo esa modalidad de golpe de estado, fueron demoledores para Honduras. Un país secuestrado por el crimen internacionalmente organizado.

         Con el apoyo de las mafias extranjeras y su institucionalidad financiera,  unas pocas familias de mercaderes se adueñaron de casi la totalidad de la tierra y el control de los principales negocios; así como del control de las exportaciones, las importaciones, la divisa y los partidos políticos.

De esta forma han logrado que el resto de la población, un 80%, de los que tienen empleo, laboren para ellos: unos en el sector financiero, otros  en las maquilas, otros en los medios de comunicación, otros tantos en la medición y facturación eléctricas, otros más en las empresas telefónicas; puertos, aeropuertos, etc.

         Dejan para “los medianos y pequeños empresarios”, la derrama, es decir, las sobras, el menudeo y “reciclaje” de basura internacional y local, a través de los pepenadores que compiten con perros callejeros, buitres y otros animales en los grandes botaderos de muchas ciudades de África o Latinoamérica.

         También se convirtieron los Estados en mendigos internacionales y en deudores eternos; y a la mayoría de la población desempleada se la induce a la mendicidad a través de bonos estatales, a la migración forzada, a la delincuencia o a la prostitución. Y encima de todos esos males, se les dice que tienen la culpa.

         La cultura de la mendicidad provoca que piden los de siempre en los atrios de las iglesias (menos que antaño), bajo los semáforos o en los estacionamientos  de los centros comerciales; pero también piden los políticos de oficio o los que se meten a tales; mendigan votos para sentirse importantes, algunos los terminan comprando (financiados por los banqueros); piden también los del Gobierno de turno a nombre del ente abstracto que se denomina pueblo, a los otros gobernantes (porque de lo contrario ni escuelas, ni puentes, ni merienda, ni ninguna obra social habría en muchos países con gobernantes y empresarios, mercaderes, digo, traidores); también piden decenas de profesionales universitarios especialistas en desarrollo y planificación, a las fundaciones de los países hegemónico a través de ONGs y Fundaciones locales; y sin con eso no bastara, piden también los oligarcas para hacer obras de caridad ( a través de teletones o deje su cambio para la educación) y para la salud de corazón de los pedigüeños, de modo que a final del año, hasta los calvos saludan con cabello ajeno, a fuerza de pedir más y de despojar a los más humildes de todo lo material y de su dignidad.

         Y desde los medios de comunicación se dice que los profesores, los sindicalistas, los campesinos, los cafetaleros, las empleadas domésticas y la juventud sin domesticar son todos culpables de la desgracia que padecen los pueblos; mientras los mercaderes, los banqueros en especial (que para sudar tienen que meterse al sauna) recomiendan gastar menos de lo que se obtienen del salario y trabajar más duro.

Claro, es el mundo que han hecho a su imagen y semejanza: la codicia, la exploración, el despilfarro para ellos y el sacrificio para la mayoría.

Y, dicho sea de paso, ya que este año ha habido abundancia de lluvias, especialmente en Centroamérica, están muy contentos, estos mercaderes, haciendo cálculos económicos con los daños.

Les importan las cifras, entre más altas, mejor. No los daños, porque uno de los mejores negocios de los mercaderes es el de la RECONSTRUCCIÓN.

¡Buen provecho, cabrones!

         Don Carlos Marx no pudo imaginar los efectos de la publicidad a través de los medios electrónicos y, por tanto, señaló lo que era correcto para su tiempo, en lo que al costo y el valor de las cosas respecta; pero en la actualidad nada tienen que ver los costos, las horas de trabajo, los días, semanas, meses que a un agricultor de África o Latinoamérica le cuesta producir cada libra o quintal de maíz, frijoles, café, cacao, o cada caja de bananos, de piñas o toronjas; o lo que a un artesano (de los pocos que quedan) le cuesta producir zapatos, ropa, herrajes, talabartería.

El abstracto mercado nada tiene que ver con que los especuladores acumulen cifras enormes en ocasiones, aprovechándose de coyunturas políticas, militares, atmosféricas, en fin.

La desigualdad, a comienzos de la última década del pasado siglo, consistía en que el 20% más rico se quedaban con el 80% de la producción y los beneficios del PIB mundial; mientras al 80% con menos ingresos le tocaba el 20%.

En la actualidad es que el 1% más rico se queda con el 87% de la ganancia del PIB mundial y posee el control casi total de los medios de producción y una capacidad de inversión 5 contra 1 frente a todos los gobiernos del mundo.

Por eso, en este orden económico mundial, del sálvese quien pueda, solo prosperan los más oportunistas, los más carroñeros; porque nada tiene que ver con la supervivencia de los más aptos en el ámbito de la evolución de las especies; porque, como lo ha demostrado Richard Dawkins, la frase de Darwin no se aplica a los individuos de las especies, sino a los genes; porque es a través de ellos y su interacción con el ambiente cómo se produce la evolución.

No debe ser secreto entonces saber que la industria de las armas, la de los fármacos, la de las comunicaciones (telefonía, radio, televisión, de la información) y otras de gran relevancia “están en manos de los más capaces” para imponer su orden al resto del mundo; de ahí que los mercados son hoy, con la excepción para quienes viven en una economía de subsistencia y de mendicidad, un antojo de los mercaderes de peso completo, quienes a su vez encuentran respaldo en los mercaderes de mediana condición y así hasta completar la cadena.

De modo que al final, el ciudadano común  –como la mayoría de los que habitan las ciudades que han impuesto sus comportamientos rurales a los centros urbanos– no es más que una pieza de ajedrez, y lo llevan como entierro de pobre,  con crisis ambientales, militares, pandemias y, con la ilusión de llegar un día a ser todo poderoso, con el ilusionismo publicitario que lo bombardea desde todos los ángulos, con lo cual incrementa sus necesidades, es decir, sus deseos, mientras aplaca su inconformidad.

         Por esta y muchas razones más es necesaria la adopción de la Contribución Refleja.

De ese modo podrá iniciarse la forja de un orden nuevo: Sin impuestos y con colectividades nacionales fuertes; con igualdad de acceso a los servicios vitales, con reducción significativa de las desigualdades económicas y sociales; y los oligarcas  podrán hacer obras de caridad si lo desean; pero no quedarse con todo.